Café con cicatrices

14 de diciembre de 2015


La oscuridad,  el silencio, la soledad, y a veces un buen café es todo lo que necesito para que se encienda la nostalgia, y que garrón, porque las imágenes que mi cerebro reproduce sin mi consentimiento no ayudan mucho.
A veces trato de escaparme de mis propios pensamientos, pero no es fácil, porque cuando se siente intensamente, no se puede evitar pensar. No se puede evitar ahogarse en la sangre de aquellas heridas que ya no quieren cicatrizar. Se vuelve complicado no pincharse con las espinas cuando la rosa es tan hermosa, tan eternamente perfecta.


Es bastante irracional darte cuenta de cómo un momento de relax se puede convertir en tristeza. Es bastante loco ver como tu propia vida te pasa por encima y gira para donde quiere. Donde está el volante chicos, porque quiero doblar para el otro lado! Ojala fuera fácil dar la vuelta, pero cambiar también es difícil, más cuando hay que hacer varios sacrificios solo por intentarlo.
Hay alguna parte extremadamente masoquista en mí que le encantan las lágrimas. A mí no me gustan mucho, y como todo lo que no me gusta pasa constantemente, las lágrimas suelen ser mis compañeras, todos los días un rato. Ya estoy acostumbrada a ellas, pero me gustaría que vengan menos.


Si dejo la oscuridad, la paz, el silencio y mi taza de café, puedo disfrazarlo todo de nuevo. Es como si cuando hago esa combinación estaría abriendo la puerta al cuartito donde puedo ser yo misma. Donde puedo sufrir, sentir lo que quiero, pensar libremente y dejarme llevar. Cuando termino, o me canso de tantas verdades que duelen, salgo y vuelvo a la sonrisa que a tanta gente le gusta ¿Y lo que a mi me gusta? Que importa… a eso también estoy acostumbrada.